hachedesilencio
hachedesilencio:

No puedo dormir. La marihuana no me hace efecto. Mañana volveré a llegar tarde, ya no me angustia, ya no.
Me hago una paja cuestionándolo todo. Analizándome. 
El trabajo me produce un gran vacío, me asusta su dominio, el mecanismo roto. 
Me caliento ficcionando imágenes inducidas. Mi mente me guía atropellada hacia una fantasía recurrente impuesta por misóginos discursos religiosos, telediarios de sobremesa y porno-basura en general. 
Hace unos días volví a discutir con mi madre. Las relaciones humanas son tremendamente complejas. El pensamiento es traidor y rastrero. No tengo que demostrarle nada a nadie, ni si quiera a mí.
No sé porque me he castigado tanto. Cobarde. 
Febril y animal gimes desgarrando con tus miembros líquidos la almohada muda. Recuerdo el día en que empecé a perder. Me corro con violencia y lloro.
Desfallezco cuando me hace efecto el trankimazin.
El móvil vibra atroz sobre la repisa. Mi cuerpo se yergue solo, levita por la cama y detiene certero la vil sirena. Diez minutos más y me incorporo de un salto a la vida.
Me pongo sin remordimiento alguno la misma ropa de ayer, si me paro a pensar que ropa llevar podría ser mi fin. Eso si, elijo con cuidado y precisión los calzoncillos.
Es hora de irse. Comienza el infierno.
Las puertas se cierran como guillotinas, acaricio con las pestañas el cristal. El ácido y amargo perfume a testosterona, a sabana usada, caliente, me pone de punta. Me da asco respirar. 
Finalmente llego tarde, sudando y de los nervios. De hoy no pasa que arregle la bici, el metro es insoportable.
Es asquerosamente retorcido pensar que es esto lo que me hace levantarme cada día, morir un poco. 
Todo lo que siempre he querido hacer no es más que un sueño romántico de lo que me gustaría poder ser.
El frío se adhiere a la piel, penetra intruso. 
Las furias me chillan rabiosas verdades que no quiero oír y el estado me subvenciona la más potente droga contra el dolor, veinte miligramos diarios de sonrisa hueca, de olvido roto. Sonrío para no desbordar mi pupila que cae. Sonrío el dolor latente que me paraliza.
Hace días que no oigo el sonido de mi voz. Ya no creo en nada. 
Poeta difunta

hachedesilencio:

No puedo dormir. La marihuana no me hace efecto. Mañana volveré a llegar tarde, ya no me angustia, ya no.

Me hago una paja cuestionándolo todo. Analizándome. 

El trabajo me produce un gran vacío, me asusta su dominio, el mecanismo roto. 

Me caliento ficcionando imágenes inducidas. Mi mente me guía atropellada hacia una fantasía recurrente impuesta por misóginos discursos religiosos, telediarios de sobremesa y porno-basura en general. 

Hace unos días volví a discutir con mi madre. Las relaciones humanas son tremendamente complejas. El pensamiento es traidor y rastrero. No tengo que demostrarle nada a nadie, ni si quiera a mí.

No sé porque me he castigado tanto. Cobarde. 

Febril y animal gimes desgarrando con tus miembros líquidos la almohada muda. Recuerdo el día en que empecé a perder. Me corro con violencia y lloro.

Desfallezco cuando me hace efecto el trankimazin.

El móvil vibra atroz sobre la repisa. Mi cuerpo se yergue solo, levita por la cama y detiene certero la vil sirena. Diez minutos más y me incorporo de un salto a la vida.

Me pongo sin remordimiento alguno la misma ropa de ayer, si me paro a pensar que ropa llevar podría ser mi fin. Eso si, elijo con cuidado y precisión los calzoncillos.

Es hora de irse. Comienza el infierno.

Las puertas se cierran como guillotinas, acaricio con las pestañas el cristal. El ácido y amargo perfume a testosterona, a sabana usada, caliente, me pone de punta. Me da asco respirar. 

Finalmente llego tarde, sudando y de los nervios. De hoy no pasa que arregle la bici, el metro es insoportable.

Es asquerosamente retorcido pensar que es esto lo que me hace levantarme cada día, morir un poco. 

Todo lo que siempre he querido hacer no es más que un sueño romántico de lo que me gustaría poder ser.

El frío se adhiere a la piel, penetra intruso. 

Las furias me chillan rabiosas verdades que no quiero oír y el estado me subvenciona la más potente droga contra el dolor, veinte miligramos diarios de sonrisa hueca, de olvido roto. Sonrío para no desbordar mi pupila que cae. Sonrío el dolor latente que me paraliza.

Hace días que no oigo el sonido de mi voz. Ya no creo en nada. 

Poeta difunta